Alejandro Morandini, para Sonidos de Salta.
¿Quién será Kuky para las próximas generaciones? ¿Quién para aquellos que no conocieron ni conocerán el efecto de sus acciones, ni sintieron el peso de sus palabras dichas y pensadas para cambiar la realidad vigente? ¿Qué será para los desesperados del futuro marchar pidiendo justicia por personas que ya no están con nosotros?
Kuky no es una posición, un lugar de prestigio que se puede ocupar, una honestidad intercambiable. En una época atravesada por el cinismo no faltará oportunidad para hacer de Kuky una posición a ocupar ahora que su sombra es un asunto personal. Sus méritos vienen de una larga batalla, de una experiencia irrepetible y una conciencia de esa experiencia forjada dolorosamente en la acción y la derrota por una vida única fundada en la esperanza de una generación.
Manifiesto Herrán, de Norberto Black Ramírez es un archivo íntimo, casi un álbum de ciudadanos que compartieron el mismo cielo con Kuky, ofrecido a los que vendrán. El filme asume riesgos estéticos y comunicacionales, el espectador asume los propios, estamos en una época de ojos entrenados para ser satisfechos en la brevedad y en lo obvio. El filme del Negro ejerce una desafiante etnografía de largo aliento ligeramente estetizada.
Si en vida incomodó al statu quo, es posible admitir que Kuky en su muerte seguirá incomodando y será su memoria la que aún persista en la dialéctica del conflicto. Se opuso a la muerte en vida, no es desatinado pensar que se pueda ofrecer su muerte como resistencia, primero despojándola de dolor o dramatismo para los más cercanos y luego, educando que puede haber belleza en el morir.
El testimonio de los contemporáneos crea un archivo indispensable en la lucha contra el olvido. Aquellos que vivieron su aura intelectual, su solidaridad en el trabajo y sus intervenciones forjando otro ser posible, o que en la intimidad conocieron el ejercicio de un gozo soberano, dando cuerpo a la realización de una utopía, saben, sabemos, que su territorio de lucha es en la memoria. El retrato fílmico cristaliza esta admiración de sus colegas, mientras emerge una imagen conmovedora de la poeta en boca de sus informantes.
Estamos ante un documental que no busca entretener con una biografía interesante, el carácter de esta realización técnica es el registro de una intimidad intelectual localizada. Lo que se diga quedará para la memoria social de su terruño como si el Leviatán no pudiera evitar la creación mítica de la poeta Teresa Leonardi Herrán que se alza desafiante en su temible dimensión ética. Estaría escandalizada, pero en términos revolucionarios estamos ante el dilema de hacer útil su muerte o que triunfe el olvido, que instruya en el seno del sueño de la insurrección cómo es que se desea vivir o someter a la conciencia popular a una mera evocación escolar que enseñe la repetición y el aburrimiento en un santoral cívico que satisfaga la obscenidad y la hipocresía.
Miren a Kuky, esa que ven ahí sosteniendo una caña de azúcar junto a los campesinos en huelga, dijo lo que pensaba y hacía lo que decía. Su vida es un manifiesto, dice Ramírez, algo tan simple y complicado como eso.



